Con la luz del atardecer sobre el Etna, empiezan las primeras luces en la Cardo y la Decumana, tan reconocibles aun en Catania. La Catania española, insurrecta, que sospecha más de un palermitano que de un borbón, se entristece al mirar de reojo el teatro Bellini y convencerse de que no oirá jamás de nuevo la voz del terciopelo que Pippo tiene en su garganta.

Las primeras horas de tibio amanecer despiertan a Sicilia en un día de 1921, un 24 de julio siempre es caluroso allí. El mercado de la plaza central con sus gritos de reclamo que parecen llegar de Messina para expulsar a sarracenos, pone a la ciudad de Catania en su sitio. Ese día, en Motta Santa Anastasia nace Giuseppe Di Stéfano ( glorioso apellido para quienes disfrutan del fútbol y la ópera). Los despojos del mercado alimentan los callejones que en su perpendicularidad confían en los gatos para su espontánea limpieza. El ambiente siempre húmedo parece predisponer una garganta al verismo, Pippo fue Cavaradossi y fue Turiddu, ¡cómo le gustaba ese papel! y recrearse en el canto de su isla permanentemente salida de una cavallería rusticana. Época de un estilo inigualable en el modo de sentir la ópera, una ópera siciliana tan provinciana como la propia isla pero con el encanto de lo que se para en el tiempo, de lo que es por tanto intemporal. Huele a canoli recién hecho, a incienso que se prende para la expiación de los gentiles en la catedral de Santa Ágata. Tarde de ópera en el Massimo de Palermo, en el Bellini de Catania, en cualquier plaza de San Vito lo Capo, de Agrigento, de Siracusa, de cualquier sitio de esa isla mágica en la que un barbero afila su cuchilla tarareando, con un estilo que es el de Pippo, que casi fue Caruso, interrumpido por el ruido de una vieja Vespa que apura la subida para que no se derrita el helado dentro del brioche.
En Erice una ventana abierta deja salir una cortina mecida por el viento en un día soleado, al salir del balcón parece una bandera blanca, como la que Battiato otro siciliano esgrimía como fin de una época, se oye, o más bien se intuye ,una voz que parece cantar un adiós a la vida, e lucevan le stelle...
- Daniel López Fidalgo - |