El festival de jazz como algo veraniego es parte de la esencia de la Costa Azul. La burguesía de los años 50 y 60, bien acaudalada, hacía un alto en sus descansos provenzales, dejaba sus villas y marchaba a la Costa a deleitarse con el sonido que, llegado de América, ya encontraba los mil matices de una escuela esencialmente europea.

De todos los lugares se partía a la costa a refugiarse del calor estival a base de Martini y frescor, con sabor y olor a Croisette. El festival veraniego era la cita ineludible de una burguesía anclada en sus bienes pero con ansia de aparentar desinterés por los caudales mundanos, pero muy cercana a un existencialismo muy liberal que partía de estéticas cercanas a Sartre. Ese fomento del jazz, típicamente francés, encuentra la bipolaridad de las estaciones, alternando las caves parisinas en invierno y los festivales mediterráneos en verano. El jazz supone un estilo de música libre que entronca a la perfección con el ideario que hunde sus raíces en el mayo del 68. Pero esa ética de falsa trasgresión, basada en una estética mucho más poderosa, encuentra la máxima expresión en esos festivales en los que uno puede ser un iconoclasta pero conducir un Maserati y beber Bollinger mientras lleva el ritmo con sus pies del endiablado Martial Solal.
Desde la idea de Newport se consagra el festival como método de reunión de grandes artistas al tiempo que se convoca al público a un acontecimiento social. Dicho público puede alternar una película de la nouvelle vague con el estruendo de los platillos al ritmo de Coltrane. Toda esa parafernalia de jazz en directo relanza a las discográficas que ven en la grabación de esos acontecimientos un modo de recrear a los menos adinerados lo que las estrellas sienten al pasear sus quilates por la riviera.
La idea del Festival permite unir a artistas entorno a una misma idea donde es posible la improvisación , la magia de la competitividad bien entendida más allá de los registros de ventas. El jazz se presta a todo eso, se alimenta de lo que surge en el momento, de esa chispa de creatividad que queda para la historia solo por haber tenido lugar en un día concreto. Ese momento queda, porque el directo marca la seña de una música que nació para el directo, ya que en ocasiones lo interpretado supera con mucho lo escrito.
De Antibes a Cape Ferrat, donde podemos encontrar a Charles Ryder, de Jean des Pines a Cagliari se podían encontrar mil y una citas para poder acicalarse, abrir boca con un Martín mezclado, agitado o como uno quiera, abrir boca para una Bullabesa, tal vez proseguir con un Gratin Dophinoise a las espera del comienzo del espectáculo de la música en una imagen robada por Patricia Highsmith para regalarle a Ripley una nueva idea.
Hoy en día estos festivales han sido sustituidos en vanidad por las presentaciones de películas, y otros eventos que carecen del sabor de esa Costa Azul a Cinzano y Champán, donde siempre parece poder encontrarse a una mujer con gafas de sol bajarse de una Riva.
- Daniel López Fidalgo - |